#58 — Del olvido a la memoria

Noventa y cinco mil negativos y ciento veinte latas de 16 mm estaban guardadas en un altillo de Junín esperando una jugada maestra del destino. Una búsqueda del tesoro destinada a alguien que a primer instinto reconozca el extraordinario desafío y valor que daba tener esto entre las manos. Porque la historia está repleta de reencuentros de olvidos que vuelven a ser olvidados, de reencuentros de descartes que vuelven a ser descartados. Y muchas veces, esos olvidos y descartes no son más que piezas fundamentales de este enorme rompecabezas que armamos y desarmamos como sociedad, como cultura, como cosa política: como seres fugaces en un planeta que ya estaba antes de nosotros y que seguirá estando sin nosotros.

Pero esa fugacidad no nos salva de la misión mesiánica de dejar rastro de nuestra existencia, rastro que también será fugaz, por cierto, pero hay algo de construcción colectiva en ciertas formas de dar testimonio, en la capacidad de distinguirnos como testigos de un fragmento y dejar — a contramano del sistema — a ese “minimundo” que heredamos un poco mejor que cómo nos tocó en gracia, o al menos, siendo hasta esa mínima mejora cada vez más imposible, en clave de guía de supervivencia, sin detener la maquinaria que invita a sembrar/crear y cosechar/inspirar.

En esa línea, Dios tenía guardado para ese tesoro que esperaba en el altillo su mejor match: un documentalista.

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Alberto Haylli fue mucho más que el hombre que registró la vida de Junín por más de cincuenta años. Fotógrafo de casamientos, cumpleaños y escolares. Fotógrafo por gusto, por pasión, a toda hora: un paso, un flash. Las ciudades cambian y a las fotografías no se le escapa detalle. A la fotografía no se le escapa la historia ni las historias: de mínimas a inmensas, todas quedan ahí capturadas para resignificar y abrir miles de narrativas, ni falsas ni reales, porque las fotos viven bajo nuestra parcial óptica y coquetean con la fantasía en todos sus desdobles. Ternura y terror, suspenso y lógica, misterio e intuición. Y los muy buenos fotógrafos, como Haylli, que buscan la captura extraordinaria, y la logran, no solo lo saben, parecen aceptar esa regla del juego: la captura en su propia verdad tiene vida corta, esa propia verdad dura hasta que llegan las miradas de los otros a darle otras verdades. Y la re-mirada de uno mismo, claro.

Saber esto es también un entrenamiento calificado para adelantarse, y el adelantamiento es un rasgo tenaz que fortalecía a nuestro hombre en cuestión para la otra faceta que tenía detrás de la cámara, y tal vez, la mejor, la que lo lleva a ese lugar de fotógrafo sobresaliente, fuera de todo campo de lo previsible y dentro de todo campo de lo indispensable: El Gordo, como lo llaman hasta hoy en su ciudad, hacía fotoperiodismo. Y sí, es el creador de los noventa y cinco mil negativos y ciento veinte latas de 16 mm, traducidas en cuarenta horas de film.

Fallecido en la miseria total, con el sueño trunco de catalogar sus registros y ponerlos en valor, tuvo que salir a revender parte de sus obras al diario La Verdad, medio en el que transcurrió de forma freelance gran parte de su trayectoria, para comer. Sus últimos años, con una artrosis de rodilla que le complicaba el caminar, “cobraba 180 de jubilación y gastaba 300 en la farmacia”, tal como cuenta su familia en el documental Haylli, una memoria revelada, dirigido por el ángel de la guarda que encontró el tesoro, Christian Rémoli. Encontró, revisó, acomodó, clasificó y varios etcéteras más hasta conformar Proyecto Haylli (TW IG)la trinchera desde donde se lleva adelante el plan de visibilización y difusión de una obra que interpela la historia nacional y toca las historias familiares de Junín.

Sueño cumplido, Gordo.

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En las fotografías del Gordo hay una conversión constante del orden: lo esencial puede ser invisible a los ojos, pero no a los suyos. Con un manejo de ángulos y luz que superan la excelencia, cámara mediante, Haylli hace visible lo esencial para los ojos de todos y nos obliga a afilar la mirada. Más aún, provoca de forma inevitable una mirada sensible, resignada a la experiencia háptica que despierta la imagen.

Su margen temporal de trabajo abarcó entre la década del 30 y el 80. Vaya tiempo histórico, todos los presidentes forman parte de su colección. Y no solo ellos, las caras, los climas y la narrativa impuesta del terrorismo de Estado también. De las tantas fotografías que lo muestran adelantado a su época, y también a las posibilidades geográficas, convirtiéndolo prácticamente en un profeta del oficio, hacen gala las capturas a genocidas, represores, a manifestaciones de adoración militar y religiosa de toda índole, a las que muestran el ritmo con el que la ciudad se fue transformando sin ocultar las claves del horror interfiriendo en la vida cotidiana.

Si una característica técnica es la profundidad de sus fotografías, en estas imágenes esa profundidad se siente densa. Y casi borgeana: si las notas al pie para el escritor eran una conquista del espacio para punzar y dejarse al borde de su propio abismo, Haylli utiliza la apertura de la imagen para sumar guiños y detalles a eso espeluznante que no necesita decirse para ser contado perfectamente. Las fotografías a los chicos que partían hacia Malvinas redoblan esta cualidad: su cámara captura sonrisas y complicidades como quien persigue los últimos gestos de inocencia, tal vez perpetuando, más para sí que para los otros, los rostros que ya no vería o que no serían igual y que hasta unos días antes, como narra Rémoli, se los veía jugando en la plaza.

Otra perla entre sus tantas facetas es el trabajo de estudio. En este punto quiero destacar una serie de fotografías a dos mujeres, tal vez amantes, que encuentran en el fondo del estudio del Gordo un espacio para dejarse ser, o quizás no, para jugar. Nadie sabe la historia real de esas fotografías que ocurrían en lo oculto, ahí mismo donde se hacían unos desnudos geométricos y con espíritu surrealista. En todos los casos, lo oculto en el contexto de la ciudad-pueblo funciona como refugio y desde ahí, provoca un clímax suave, cómodo, entre ritualístico y aliado, en el que uno queda en primera fila regodeándose de voyeurismo.

A lo largo del documental, en una especie de unir con flechas, se lo pone en reflejo con dos grandes maravillas: Cartier-Bresson y Brassaï. También, y no solo por técnicas, anexando la historia en sí, con Vivian Maier. Me voy a colgar de este ping pong de referencias para, sostenida en los desnudos, sumar a Man Ray. Nadie sabe si conocía o no la obra de los fotógrafos que marcaban el pulso en Europa, más: en algunos casos, hay registros que hasta lo muestran por delante en el tiempo, técnicas y montajes que suceden en tiempo anterior a la aparición en grande de los maestros citados.

El último recuerdo que tienen en Junín de Alberto Haylli con vida es sentado en una mesa del bar Los Tribunales, tomando café con algunos amigos y esperando el amanecer. Ahí lo encontraban los más jóvenes cuando salían de los bailes y así surgió la pregunta: ¿qué hace El Gordo toda la noche ahí? La respuesta es de esas que no se quieren oír aunque calzan justo para alimentar el mito de este viejo talentoso que con los años no solo se volvió rengo, también más tosco: “El Gordo no se va a dormir porque tiene miedo de morir”.

Murió en 1994. Un año antes le dijo a su familia que no faltaba mucho para que se dejen de usar los rollos de fotos. “Yo no lo voy a ver, pero esto va a ser así”, y así fue.

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Revisar la historia de la fotografía argentina es terminar siempre lagrimeando, con sabor amargo, con ansiedad de justicia divina y/o poética. La gran mayoría de las veces no hay finales felices, olvido y pobreza son las palabras que sellan las historias de nuestros fotógrafos. Cada tanto, milagro mediante, el final aquel se reabre y da paso a un final reparador.

Ustedes dirán nunca hay finales felices, ni siquiera hay finales, y acuerdo en ambas visiones, pero podemos permitirnos hablar en términos de finitud anclados al tiempo que nos toca pasar por esta tierra.

En el mejor de los casos, ese tiempo nos alcanza para descubrir, desarrollar y dejarnos envolver por la pasión/misión de algún don: esa exaltación que va un paso más allá del talento y nos toca como un llamado divino. Eso que nos configura inevitablemente, no para definirnos y mucho menos para delimitarnos, porque el don está lejísimos, como buena potencia de lo divino, de permitirnos descansar en la identidad. El don no es dado para encontrar calma y confort frente a la tempestad de estar vivos, se nos es dado para atravesar la tempestad unos con otros. Se nos es dado para llevarnos a donde nunca jamás hubiésemos llegado si no fuera por su presencia en nosotros y por lo que podemos ofrendar a los otros en pleno uso de ese don, incluso, o sobre todo, ofrendando a los que aún no llegaron a esta tierra.

Pero hay una trampa más en este asunto. El don es el acontecimiento interno, el que el creador guarda en nuestra carne poniendo en juego nuestro libre albedrío: como con todo acontecimiento, lo importante no es lo que acontece, es lo que hacemos frente a eso. Y acá el punto: frente a nuestro don y frente a lo que otros nos ofrendan con sus dones.

¿Qué se hace con los legados que recibimos? Porque el legado no es cosa poética ni simbólica, no se trata de abrazarlo como quien abraza una memoria. Porque el legado es — ante todo — el que construye las rutas hacia las memorias. Esas que tanto necesitamos y que tenemos en deuda, por eso todos suelen hablar más del futuro: porque allá adelante no hay nada, ni pena ni gloria, ni reproche ni deuda, en cambio, hacia atrás hay voces diciendo, cuerpos que ya no son cuerpos que siguen hablando, muchos gritan justicia, otros tanto “yo te avisé, te dije”. Hombres y mujeres de todas las edades que funcionan como señalética, y desde el pasado, emergen como faros, alumbran el camino que sí y el camino que no. El pasado dice, reta, exige, demanda, alerta, nos descubre. Y la fotografía en general y el fotoperiodismo por excelencia supieron y saben ser traductores de aquello que no se quiere ver ni escuchar. Pero está ahí, y tarde o temprano, la deuda debe ser pagada. Recién ahí, el futuro dejará de ser nada.