Publicado originalmente en Awrora

Portada del último EP de Gladyson Panther, Hacelo inolvidable, por Jo Murúa
“Primero existió el actor de la música, después el intérprete (la gran voz romántica), por último el técnico, que descarga de toda actividad, incluso de la procurativa, al oyente, y aniquila en el orden musical hasta la misma idea del hacer”, escribió alguna vez Roland Barthes sin conocer a Gladyson Panther, el personaje con el que Santino Martin encara su vida musical: una vida musical en la que se reúnen el actor, el intérprete y el técnico. Una vida y una reunión de la que surgen canciones que devuelven a la música a su práctica —siguiendo las ideas barthesianas— muscular, lo que termina por salvarla de la condena de reducirla a una práctica auditiva, coleccionista, fetichista.
Autodidacta, experimental, performer, la distancia entre la dulzura de Santino y la densidad pop de Gladyson Panther terminan por configurar las visuales de una sonoridad fílmica. Podría hablar de rock alternativo, pero ya sabemos el proceso de limitaciones que sufre el rock en todas sus presentaciones, y no solo para pensarse a sí mismo, sino para disfrutarse. En esa densidad y agudeza pop que trae Santino entre sus manos no solo hay una libertad compositiva que ojalá el rock algún día salga a buscar, sino una capacidad profunda de introducir en las canciones toda la desolación de una nocturnidad posible. Una nocturnidad no externa, sino interna, en perfecta convivencia con el despertar a un nuevo sol que renueva las misericordias. Un pop distópico, onírico, lúdico, brillante como ese sol que alumbra, pero —lejos de quedarse en una luz benevolente— también puede quemar, consumir, derretir.
Por estos días, el artista rosarino está presentando Hacelo inolvidable. Un EP que no llega a los quince minutos y que en cuatro canciones sirve para muestra de todas estas derivas y para estirar aún más la impronta que va tallando en cada lanzamiento. Tallando no sobre piedra, ¿quién quisiera quedar fijado para siempre?, sino sobre ideas.
A veces nos olvidamos de la importancia de las ideas en las artes. También hay cierto acostumbramiento, por no decir cierta defensa a un determinado statu quo, a los artistas sin ideas. Aunque lo más lógico sería que un artista —no porque exactamente las tenga como “vaca atada”, por el solo hecho de ser artista, porque todos tenemos sequías y vaciamientos, lapsus— trabaje activa y vitalmente en tenerlas, las busque, se anime a encontrarlas más allá de lo ya logrado, trabaje en renovarlas, en mantenerlas vivas, pero también en destruir las que ya tienen gusanos de tan vencidas que quedaron. Y claro que también están los artistas con ideas pero sin saber qué hacer con ellas.
Crear es una toma furiosa de decisiones, en toda decisión algo se pierde y algo se gana, y los procesos y desarrollos que hacen a la creación no nos muestran tan fácil el camino de la pérdida y de la ganancia, ahí, no solo son las ideas las que nos salvan, sino que son las que hacen la diferencia. Entonces, Santino tiene ideas y sabe cómo trabajarlas y usarlas. Y también lo tiene a Gladyson Panther para recrear esas ideas con una desfachatez que no deja de ser elegante.

Santino Martin / Gladyson Panther por Renzo Leonard
Las primeras tres canciones de Hacelo inolvidable nos invitan a un pogo de salón, pero esas mismas canciones pueden darnos la pieza final para armar algunos rompecabezas si simplemente vamos escuchándolas en una caminata. Bueno, armar o desarmar, quien sabe. Más bien, para saber, estas canciones con doble vida que se pueden escuchar de una manera en la vida social pero que pueden sonar —decir— totalmente diferentes en la introspección.
Jugando al fisura es el tema que rompe el hielo, y el título se traslada a una pregunta sostenida en unas guitarras abismales: “¿Por qué estoy jugando al fisura?”. Un track inaugural para que sepamos de entrada que estamos atravesando la bruma. Lejos de retroceder, esas guitarras empujan el arranque de Cinéfila pero luego se disuelven en un campo de sonidos que son los que se lucen, los que hacen lucir a la canción, y claro, a la producción. A la producción y, lo dicho, a las ideas. Le sigue Hamburguesa y no hace falta llegar al primer segundo para que te haga sentir como en casa. Desde el inicio, Hamburguesa es un flashback al sonido neoyorkino rockero de los tempranos dosmiles: los Strokes hicieron escuela ahí. Todos bendecidos.
La cuarta y última canción es un broche de oro que se siente como un chapuzón redentor: La nube. Un cierre con espíritu de gospel —sin ser un gospel, sin estar cerca de serlo— en envase confuso y desviado. Un desvío en el sentido, una vez más, barthesiano: se hace un espacio. Y ahí, su epifanía. La nube es un llamamiento renacentista colmado de significantes, que avanza sobre una melodía suave, encantadora y febril como canto de sirena. Y tiene, para más, como si no fuera suficiente todo lo que nos da, el verso más lindo del EP: “sos la autodestrucción sonriéndome”.

Foto por Marcos Fiorucci
Dijimos que Santino es un artista de ideas, en este contexto también importa decir que es un artista de cultura musical generosa. Me gusta cuando las influencias no son explícitas, sino que a través de configuraciones más poéticas muestran las marcas. Cuando esto ocurre se abren abanicos interminables a través de los tiempos musicales y artísticamente conceptuales. Incluso, influencias que también son intuitivas y resultados de esa generosidad con la que algunos atraviesan el mundo dándoles su atención.
Así, podría decir lo obvio: como dijimos de los Strokes, Pity Álvarez también hizo escuela en Santino. Podemos darle más amplitud, ir más allá de la música-producto, y sumarle contemporaneidad: hay una conversación activa y abierta con la mirada artística de Dillom. Un imaginario que no responde a lo que una época, un mandato, una tradición piden, y que a su vez habla de una forma —muscular— de hacer música. Una forma que es otra forma de poder. Y también, una forma y un poder que salen a comerse a ese sector del mundo que se cree en condiciones de definir qué es música y qué no lo es, o cómo se hace o cómo no se hace la música. Contra ellos, que no resistirán cuando el arte ataque, las ideas, la cultura musical y las músicas mismas.
Pero también podría decir lo no obvio. Algo de Gladyson Panther resuena en Ciudadano Toto, esa clase de propuesta bailable que nunca revela del todo sus motivos. Una propuesta bailable que incluso lo es como consecuencia, no como razón de ser, y que emerge en la línea exacta que separa la niebla de la tierra. Imposible saber si es para exorcizar, gozar, despedir, volver a nacer, o más aún, bailar como venganza, bailar por explosión. Mejor aún, y más en estos tiempos dónde solo lo rentable y exhibido sirve y es llamado “util”: la rebeldía, entonces, de bailar por bailar, una intimidad del baile para transformar el living de casa en la pista más genial del universo y liberar el cuerpo explotado como una nueva ave que nadie conocerá. Bailar también como otra forma de pensar.
Estamos hablando de artistas con un manejo artesanal de lo sentimental para construir escenas por fuera de toda fórmula. Y en las canciones de Santino/Gladyson Panther es evidente que esa forma de construcción se pone en valor. No solo por capacidad artística, sino por un evidente deseo de experimentar esa capacidad al máximo: un arco que incluso en su curva más amplia y alta sigue acusando una profundidad muy honda, con un cinismo que no cede lucidez ni humor, y una búsqueda consistente y lograda de no perder ningún rastro de la belleza de la tristeza (ni de la tristeza de la belleza).
