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Aunque la palabra mito le sienta bien, Tupac Shakur se eleva aun por encima de ese sello. Encarna al artista comprometido con su tiempo, pero también, y especialmente, con su pueblo y con un ADN revolucionario herencia de su madre, dirigente del partido Pantera Negra, quien lo bautizó en homenaje al líder indígena Tupac Amaru. Una huella genética que respetó y honró a través de su música y de sus actos. Porque lo suyo fue mucho más que el ritmo machacante del rap, con sus letras desafiantes del statu quo. En poco más de seis años de carrera, Tupac –que murió asesinado a los veinticinco, en 1996– logró, además de ser un exitoso artista de hip hop, vehiculizar muchas de las demandas históricas de su gente, desde las más básicas, relacionadas con la supervivencia, los derechos y la dignidad, a las más sofisticadas, ligadas a la cultura. Su muerte lo elevó a la categoría de mito y al pedestal de los luchadores sociales: “Yo no hice a Estados Unidos así de desigual, yo no inventé el delito, las drogas, la vida en los guetos. Yo solo nací ahí. El que me dice gánster no me está escuchando, y el que me quiere callar lo hace porque me escuchó y sabe lo que implica que diga lo que estoy diciendo”.

Por qué escuchamos es una colección que busca ahondar en los motivos por los que algunos artistas –de diversos géneros, orígenes y épocas– se vuelven esenciales, indiscutibles, verdaderamente únicos, más allá de los caprichos y vaivenes del mercado musical.

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Todo Diego es político no es un libro sobre fútbol ni tiene ansias biográficas, está lejos de querer responder o resolver lecturas ajenas sobre Diego Armando Maradona. Más bien, es una invitación a relamerse en el signo abierto, a entregarse a las contradicciones, a morder el fruto.

Los textos que lo componen —diez ensayos en la edición digital (2020), once en la edición física (2021)— sostienen la tensión entre los guiños divinos y los anclajes terrenales para exaltar lo innegable: nadie es indiferente al Diez y esa no indiferencia revela todo lo indecible, lo tabú, lo estructural, justo ahí donde se revierten los órdenes impuestos. Como un destino inevitable, Todo Diego es político replica el caos de esa reversión, se excede entre el Verbo y la carne, irrumpe en el banquete de los dioses y baila sobre la mesa al ritmo de la cumbia. Su pulsión celebratoria no tarda en desembocar en un aquelarre maradoniano. Para entrar acá no hay que abandonar la esperanza, alcanza con abandonar las caretas y hundirse en el barro.

Todos invitados. El fuego ya está encendido.

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