#7 — Tener el corazón en el lugar equivocado

El casero Nathan Lerner no imaginó nunca lo que sucedería una vez que ingresara a la habitación que le había alquilado los últimos 40 años al misterioso Henry J. Darger.

La habitación parecía un santuario al caos. Por todos lados había recortes periodísticos, lápices, acuarelas, libros destrozados, diarios, cómics, revistas y similares. Era tal el lío de papeles y las condiciones en la que estaba gran parte del material que costaba distinguir entre lo que era basura y lo que no; sin embargo, había algo verdaderamente llamativo: una cantidad significativa de bocetos, ilustraciones y pinturas enormes, algunas de más de 4 metros, en las que se repetían las imágenes de niños desnudos y/o como mariposas en diferentes situaciones, la mayoría en situaciones violentas. Para sumarle al toque llamativo, y ubicándonos en la época, varias de las niñas estaban ilustradas con genitales masculinos, y viceversa.

No pasó mucho tiempo hasta que Lerner dio con la pieza clave que resolvería el misterio: un libro de 15.154 páginas titulado The story of the Vivians girls, in what is known as the Realms of the Unreal, of the Glandeco-Angelinian War Storm, caused by the Child Slave Rebellion (traducido como La historia de las niñas Vivian, en lo que se conoce como los Reinos de lo Irreal, sobre la Guerra-Tormenta Glandeco-Angeliniana causada por la rebelión de los Niños Esclavos). El título es lo suficientemente largo para entender de qué va su historia. En definitiva, desear la paz en este mundo no es más que querer perpetuar y alimentar las desigualdades y opresiones que se suceden; esos niños, entonces, no estarían dispuestos a tolerarlo y daban por iniciada la rebelión más sangrienta (y desigual) de la historia.

Entre todas las leyendas que se cuentan me gusta creer la que dice que el libro estaba enterrado entre las maderas de un piso por demás movedizo, conviviendo con otros tantos cuadernos. Porque el tesoro que aguardaba en la habitación no se limitaba a la novela más larga jamás escrita, incluía, además, más de 300 pinturas y otros cientos de cuadernos, algunos a modo diario con fugaces datos biográficos, otros con cuentos o novelas más breves, siempre ilustrados.

El detalle: todos esos libros y cuadernos estaban armados de manera artesanal, cosidos y pintados a mano, la mayoría con miles de páginas. Gran parte de lo encontrado estaba tachado o roto, por lo que todo el tiempo las historias se encuentran con baches y varias de las obras están dañadas.
La construcción biográfica de Darger es intermitente. Se cree que nació en abril de 1892 en Brasil y murió en abril de 1973 en Chicago, momento y lugar en el que se produce el hallazgo. Pasó por un orfanato y fue derivado a un psiquiátrico a partir de sus extraños comportamientos ocasionados, según el diagnóstico, por no tener el corazón en el lugar correcto. Nunca lo medicaron ni nunca le dijeron dónde tenía el corazón.

Trabajaba de conserje y hacía changas. Hablaba lo mínimo e indispensable.

No estudió ilustración ni nada similar, fue un autodidacta silencioso y solitario que creía que no sabía dibujar. En sus escritos se agrede con desesperación por dibujar mal. Sus biógrafos y estudiosos creen que por eso mismo es que utilizó tantas técnicas más allá de las acuarelas, convirtiéndose, además, en un gran collagista y un apasionado por reutilizar elementos, todos a disposición de las composiciones.

Los documentales que existen son contradictorios, los relatos que lo bordean también, pero todas las voces coinciden en su perfil ermitaño, su antipatía y su espíritu profundamente religioso que no dejó de lado las heridas que esa fe en manos de la humanidad le fue dejando; pero sin dudas la máxima coincidencia hace foco en su enorme talento y en la genialidad de su valiosa obra.

Una obra que hoy, además de ser expuesta en los museos más importantes del mundo, es objeto de estudio con un destino inabarcable e indescifrable, lo mismo que su vida. Y esa parecería ser la dulce y pequeña revancha del hombre que murió sin saber dónde tenía el corazón pero tenía en claro un deseo: que se haga fuego con todo lo que encontraran de él.