Ho visto Daddy Yankee

Nota publicada en Revista Polvo

El Cangri

En una no muy vieja entrevista, una periodista le pregunta a Daddy Yankee si recuerda cuándo fue la primera vez que escuchó reguetón. El Jefe sonríe, respira profundo, mira a cámara y se devuelve a mirarla. Todo esto ocurre en menos de dos segundos, pero esa brevedad no aligera para nada el peso de ese silencio que se pronuncia tan —o más fuerte aún— que lo que su propia voz y la historia puedan decir. “Nosotros inventamos el reguetón”, responde mirando fijo y sonríe una vez más.

Para mediados del 2002, a siete años de No Mercy, su álbum debut, Daddy Yankee lanzaba el segundo trabajo de estudio, El Cangri. La canción que daba nombre a ese disco arrancaba no solo advirtiendo que lo que traía entre sus manos era imparable, sino que invitaba a todos a que despierten porque él ya había despertado y no iba a permitir que nadie se quede dormido. Si algo tenía claro desde el minuto cero es que ese despertar suyo era algo mucho más grande: no solo iniciaba un largo proceso de reparación en la hermandad latina, el que quizás hoy esté en un momento clímax y bisagra, sino que también ajusticiaba y equilibraba socialmente la forma en la que la cultura hip hop se expandió hacia el sur del continente, en parte por consecuencia de cómo dentro de Estados Unidos había quedado relegado el rol fundamental de los latinos a la hora de su nacimiento, crecimiento y desarrollo, y por otro lado por las propias condiciones económicas de la región. 

Daddy Yankee es tan hijo directo de Dr. Dre, y no solo porque sea uno de sus héroes musicales y espirituales, que es a través de él que su formación política y cultural se direcciona configurando ahí la ambición musical como una experiencia que año tras año se fue convirtiendo en espiritual. Solo el más apasionado ciego por elección lee al reguetón por fuera del impacto de la cultura hip hop y se encapricha en bajarle el volumen político, cultural, social y espiritual. Solo un ciego por elección o bien, quien todavía no logra capturar la diferencia esencial entre ese micromundo que es el rap y la inmensidad integral y constructiva de la cultura hip hop, y quien todavía cree que lo espiritual es vivir en modo ley de atracción, de rodillas en una iglesia o abrazando árboles. Sin profundizar en racismos y la siempre presente mano de los mercados, en un mundo desesperantemente mestizo como consecuencia de su poder expulsivo, esto mismo ya lo predecían y militaban los Fugees. Ante la duda, The Score ya lo dijo todo.

Una yapa deliciosa en este linaje nos lleva a hilar entre décadas: diez años antes de El Cangri ocurría LA 92 y hacia diciembre de ese año salía The Chronic, la obra maestra del hip hop por excelencia, y más allá del hip hop también, pero, a su vez, y en palabras de Snoop Dogg, “es el álbum perfecto porque integra todo lo que se fue sintiendo en la calle, y esas revueltas significaron la unión definitiva entre latinos y afroestadounidenses, la primera vez después de décadas de intentarlo que al fin entendíamos y sentíamos nuestra hermandad y la importancia de reconocernos así. Vimos de primera la fuerza de esa unión”. Para los que crean en las casualidades, diez años, en términos sociales, políticos y culturales, es una medida de tiempo procesal muy puntual, digamos, de cosecha-siembra. No lo digo yo, lo dice la historia. Aunque en ciertos casos también podemos hablar de tiempos divinos, pero ¿acaso la naturaleza que marca ese ritmo estacional de cosecha-siembra no es también divino?   

Si El Cangri como álbum era una provocación, un estallido caótico de cientos de años de historia contenida en una vital retroalimentación con las historias personales de las familias tercermundistas, “El Cangri” canción era una llamada de atención que encendía un fuego olímpico inimaginable para todos. Pero no para Daddy Yankee, que además de tener a Dr. Dre como faro, se envolvía en el emblemático rezo de Tupac: “yo no voy a cambiar el mundo, pero encenderé la chispa en las mentes que sí lo harán”. Al fin, entonces, una de esas chispas caían de este lado del continente, se encendía y todo parecía posible. Ahí, entonces, la explosión: “Puerto Rico, New York, residenciales, estados, serán testigos (Witness) de la eminencia, la leyenda en este género, años de experiencia, un nuevo flow, un nuevo estilo, un nuevo Cangri ha despertado, you know?”. Año 2022, exactamente veinte años después del lanzamiento, como para seguir desmintiendo las casualidades temporales, no solo ya lo sabemos todos. Ahora estamos siendo sacudidos por una nueva llamada divina: la de su retiro. 

El niño criado en el caserío 

Ramón Luis Ayala Rodríguez, tal su verdadero nombre, nació en Puerto Rico y vivió en el histórico barrio de Villa Kennedy, un proyecto de vivienda pública en San Juan, que empezó con todas las luces y —como es prácticamente regla en nuestros tercermundismos— se fue deteriorando hasta el abandono. Estaban bien entrados los dosmiles cuando este acuariano del ‘77 dejó esas calles. 

Empezó a rapear en la pre-adolescencia, cerca de los 12/13 años, hipnotizado por la densidad fonética de Rakim y la erogenización de Big Daddy Kane. Nunca había salido de San Juan y el idioma inglés estaba lejos de ser dominado, pero la música y el destino cuando se unen también provocan esos diálogos imposibles. Años más tarde, en el preciso momento que Dr. Dre cambiaba el pulso del mundo, también cambiaría la relación del puertorriqueño con su música favorita. Ahí nace Daddy Yankee, “hombre poderoso” según el diccionario callejero. Al “niño criado en el caserío / viendo la pobreza, fumándose los gare’ hasta el filtro / viendo la muerte de sus amigos, gente rompiendo en frío” poco le importó la talla del apodo elegido. Tenía una misión y la certeza más absoluta, una misión y certeza que se revelan cuando se tiene un don y se sabe qué hacer con él: la primera expresión del don es un acto de fe, su sostenibilidad es el largo camino de la fe. Y ese niño-hombre no temía andarlo, su GPS estaba ready para responder a lo que él asegura fue pura y exclusivamente “plan de Dios”.

En tiempos sin internet ni cable con mil canales, el acceso a ciertos contenidos, novedades, etcétera, no era para todos, más bien para los que podían viajar y luego difundían según su parecer. MTV Latinoamérica ayudó mucho a cierta accesibilidad. Mientras que gran parte de la historia hip hop hasta hoy se sigue contando, viviendo y consumiendo desde esa perspectiva casi privada y esnob, incluso el reguetón y la cumbia pasaron también a leerse bajo esta dinámica, tipos como Daddy Yankee la democratizaron, la devolvieron a su lugar.

La pseudo polémica ya es conocida: son demasiados, y la mayoría grandes referentes, los que repudian la categorización “urbano”. Término hermoso para los mercados lavando las texturas, el entramado, la distorsión, las una y mil vueltas que hacen a la cultura que nace, la mayoría de las veces, de sectores bastante lejos y precarizados de la pretensión de lo urbano. Pero en un tiempo en el que es galácticamente arcaico y por demás cómodo seguir hablando de géneros, la idea de “urbano” es conceptualizar todo aquello que se sigue percibiendo como “negro”. Porque la calle es negra, el sonido es negro, la vestimenta en cuestión es cosa de negros, el vocabulario, los estilos de vida. Y el tratamiento mediático a los referentes más fieles a la calle lo confirma. No importa cuánto vale el reloj de la cantante rubia, pero sí el que lleva puesto el pibe que salió directo de la villa, gueto, caserío. Todos esos negros que enumeré deberían ir en cursiva, o comillas, pero los pongo así como posición para recordar lo que hasta no hace mucho se decía casi unánime y lo que hoy se sigue diciendo sin decir. 

Mientras que a muchos les entra el reguetón y la cumbia por medio de lo urbano y el pseudo trap, Daddy Yankee podría regodearse hablando de hip hop y rap, pero no, dice “nosotros inventamos el reguetón”. En esa línea, igual de imprescindible, está L Gante repitiendo sin cesar “somos cumbieros, no traperos”. En definitiva, el género, igual, es para los trajeados y la gilada. Pero lo que representan y lo que está en juego es mucho más profundo y ellos no solo lo saben, toman la responsabilidad de ese saber.

Dice Herzog que “la lengua no es solamente una herramienta de comunicación. Es una manera de ver el mundo, de comprenderlo. Es un mundo con todas las de la ley. Una manera de entender el mundo y de darle un sentido”, y mi parte predilecta, “una manera de organizarse como ser humano en el interior de ese mundo”. Esto mismo, que es prácticamente base fundacional de la cultura hip hop, es también una traducción de lo que es inventar el reguetón: el último estandarte de la libertad. Un estado mental pero también social. Todos los caminos de la música negra nos llevan a las familias esclavas yendo sin falta los domingos a misa para vaciar sus pulmones cantando góspel: la única libertad posible era la espiritual y la experiencia se hacía aún más gratificante, formidable y segura mirándose unos a otros. Porque nadie es libre en soledad. Ahí el hip hop, ahí el reguetón. Imposible leerlos por fuera de sus orígenes pero también de sus actualidades, porque eso los hace venir creciendo incesantemente y al parecer, no tener techo. Mutan, porque aunque estén dominando los mercados y los mercados los hayan apropiado, el pulso siempre está en el mismo lugar: en la danza indomable de la realidad social.

El reguetón es también ese campo magnético de equidades que se fortalecen en la distinción y competencia sin condescendencia entre hombres y mujeres. Es la reversión de un orden, la apertura erógena en plena corrida a la falsa moral, la falsa modestia. Un tiroteo a las falsas y clasistas ideas de humildad. Daddy Yankee estaba tan adelantado que padeció las mismas persecuciones que los artistas hip hop padecieron para los tiempos de LA 92 y tuvo que patear muros para el norte, pero también para el centro y el sur.

El Jefe de los inicios del 2000 es un reflejo de lo que después volaría por los cielos más hermosos con 50 Cent, pero con un plus: es 50 Cent antes de 50 Cent y nuestro, 100% para nosotros. Daddy Yankee arranca la fiesta de la primavera que viviría América Latina aquellos años de los dosmiles, pero la arranca cuando nadie ni siquiera imaginaba que eso sería posible. Inventar el reguetón es renacer la idea de tribu, de ritual, de danza alrededor del fuego. Cuerpo a cuerpo. Calor a calor. Jean Cocteau decía que de los incendios lo único que se salva es el fuego, yo agregaría a Daddy Yankee: el que pone a bailar al fuego. 

Legendaddy

Daddy Yankee se despide con siete discos de estudio, contando el flamante Legendaddy, álbum que pondrá el sello final, y cerca de 70 sencillos. La larga lista de éxitos se complementa con discos en vivo, colaboraciones de lujo y una huella igual de importante en su rol de productor. Aún convertido en una máquina de generar récords, jamás perdió el sentido del legado. Cuanto más grande se hacía su figura, más épica su historia, más se abría a colaborar con las nuevas generaciones. Grabar con él pasó a ser el principal certificado de “llegar”, de cantar victoria. “La verdadera bendición”, diría Anuel AA.

Para su círculo íntimo sigue siendo Ramón. Gran parte de su entorno laboral está formado por la familia y amigos de toda la vida, para ellos también es Ramón. Para el mundo es Daddy Yankee. Pero para nosotros —que a veces dejándonos llevar por la temperatura de nuestras caderas, el perreo irreverente en cualquier sitio, la sinfonía agitada de un desamor que se exorciza en los estribillos más gomosos, y por supuesto que también los hirientes, o en las letras amantes más dulces-amargas le decimos Rey o nos regodeamos en llamarlo Jefe, con una chochera humedecida y orgullosa como no haríamos jamás con ninguna patronal—, bien dentro de nuestro ADN, como una genética latinoamericana más de las tantas que nos enfundan, fue, es y será por siempre el alma de la fiesta, el alma de estos cuerpos que tuvieron la gloria de la contemporaneidad, el alma de una liberación sin armas y con sabor, el alma de una visión de mundo que él hizo posible. Y eso ya no podrá censurarse, bajársele el volumen, minimizarlo ni despreciarse: vimos a Daddy Yankee y florecieron miles, miles de hombres y de mujeres, y mientras seguimos contando, nadie nos quita lo bailado ni el por bailar: las leyendas nunca mueren ni se retiran. Simplemente viven ahí, para quien quiera oír, oiga.