#61 — Moura

“Esto es político”, le dijo Marcelo Moura a su madre cuando tenía diecisiete años. En una entrevista con Infobae lo explica así: “Ya habían desaparecido a Jorge, y a mí no me daba ir a tirarle piedras a Videla, pero teníamos otra forma de hacerlo”. Esa forma era hacer canciones. Ergo, con inteligencia lúdica, con frescura emocional, con vanguardismo político y cultural, Virus irrumpía en escena y ya nada sería igual.

Cuando un directivo de la discográfica le sugirió a Federico Moura que disimulara su homosexualidad, no sólo por un tema de imagen, sino porque las chicas morían de amor por él y sería una desilusión para ellas, su manera de canalizar la furia fue, entonces, hacer una canción. Así nace Sin disfraz, incluida en Locura (1985), el disco de la libertad y espiritualidad sexual por excelencia de Virus, el Purple Rain de nuestro idioma. Si bien en cuanto a discos prefiero al siguiente, Superficies de placer (1987), es muy difícil no entregarse a una de las mejores líneas de todos los tiempos: “en taxi voy, Hotel Savoy y bailamos”.

“Hay que llegar al fondo de las cosas para entender”, ironizaba Federico cuando se cuestionaba a Virus como una banda banal, lo cual era un cuestionamiento frágil y cómodo teniendo en cuenta temas como “El banquete”, “Densa realidad”, “Ellos nos han separado”, por nombrar solo algunos de memoria. El punto que molestaba (incomodaba) era otro, y era que la banda significaba un fuck you total y absoluto a lo establecido, al qué dirán, eran una cachetada a un país tosco, a veces muy cerca y otras demasiado lejos de la soberanía en todas sus representaciones posibles, desde la propia soberanía carnal hasta la política colectiva. Por suerte, hicieron escuela.

La voz y las letras de Federico Moura fueron siempre in crescendo y nunca dejan de percibirse atmosféricas, climáticas, anatómicas. Su cuerpo en movimiento es un justo anexo al ritmo de su poesía. Como un enviado de Eros, aportó una sensualidad viva y encendió el fuego de la libertad del goce en una escena prejuiciosa, chata, monótona, y se coló, así, con una desfachatez exquisita, entre los tabúes de una sociedad que venía de dormir bajo las botas de los militares y su dictadura más feroz. Una sociedad que apenas asomaba a la primavera alfonsinista y no imaginaba su derivación en la primavera del Pacto de Olivos. Y no, no vieron banalidad en los 90: la hicieron política y cultura.

En mi mente, la voz de Moura es un lugar hermoso. Funciona como una ruta, como un viento fresco de pulsión; escucharlo es, sino el único, uno de los momentos en los que siento alcanzar una idea de paz, y no hay ni una vez que no recuerde a Fernando Peña definiéndolo como un guiño de libertad, como una esperanza. Pero como todos sabemos el lado B de la esperanza, o el fraude que implica hablar de la esperanza como algo que alcanza un status positivo casi psicomágicamente, es bueno tener a mano una de sus últimas entrevistas, realizada por el hermoso y único Tom Lupo, en la que Federico nos recuerda con sabiduría que “es mentira que las cosas pueden mejorar, solamente se transforman”.

Ayer, 23 de octubre, Federico hubiera cumplido 71 años. Por esas cosas que no tienen mucha explicación, ni tampoco merecen demasiada rosca, es un recordatorio que suele ser comido por el natalicio de otro de nuestros héroes: Charly. Y por esas cosas de nuestra historia, y los que creemos en Dios ya podemos descansar acomodándolas en el orden de lo divino, el 22 de octubre se conmemora el Día Nacional por el Derecho a la Identidad, asociado a la fundación de Abuelas, aunque ese día también es el cumpleaños de Estela de Carlotto. No quiero copiarme a la publi mundialista de Quilmes, de hecho, no estoy atando casualidades. Estoy uniendo piezas e intentando construir un rompecabezas-manto de piedad nacional sobre nosotros. Nosotros pueblo-gente-país: volver a esa mirada en donde soy/somos hija/hijos de algo que trasciende familia-casa-círculo, hijos de un territorio y un tiempo. Parece obvio pero vivimos un tiempo donde las narrativas son destellos de experiencias personales y aisladas, aun cuando se pretenden colectivas, experiencias sectorizadas — en el «mejor-peor» de los casos — por afinidades diversas, cuando no por poses.

Pero, acá mismo, entre esos dos días consecutivos y esta enumeración — Moura, Virus, Charly, Abuelas, Estela, Día Nacional por el Derecho a la Identidad — , que no por rápida suaviza su palpitar criollo, Argentina se cuenta sin necesidades decorativas, Argentina se cae y se levanta, Argentina vive y resiste, Argentina muestra su saber convertir el lamento en baile. Porque no hay un mañana mejor, pero mientras podamos aún poner como destino en el GPS a ciertos nombres, obras, legados, luchas, ansias por victorias que no debemos resignar, ni banalizar, podemos tener hoy mismo un mejor encuentro con este territorio, un mejor momento con el habitar este país, esta historia, esta crisis, esta deriva número millón gracias a esa puerta que se abre cuando nos permitirnos dejar de ser uno para ser millones. Una valoración inmediata que, en definitiva, nos recuerde que mañana no es mejor, entre otras cosas, porque para muchas búsquedas y también para muchas poesías ya es demasiado tarde.