Publicado originalmente en Awrora

Hay músicos que parecen escribir situándose en el escenario, como si el escenario fuera la montaña en la que ellos tallan en piedra su propia configuración de deidades frente al resto de los mortales que hacemos lo que podemos, y entre eso que podemos, bueno, los escuchamos. Pasa similar con escritores, periodistas, actores, cineastas; pasa, y cada vez más, incluso en oficios insólitos: psicoanalistas, pedagogos, influencers del todo y de la nada. Pero estamos acá por la música así que en ella nos concentraremos, y sí, la buena noticia es que también hay otros músicos (y otros escritores, periodistas, actores, etcétera), mucho más interesantes, que escriben desde la caída. Pablo Comas es parte de ellos.

No hablo de una caída que es bajada en su connotación negativa, en todo caso es una caída de aproximación. Tampoco hablo de una caída que es golpe, tropezón o torpeza, sino una caída buscada, una caída que es envión: un acelere en una curva, un vuelo sin rumbo pero con propósito que es guía (y donde manda propósito, toca confiar), una disociación de lo concreto a lo profundo que canaliza otras voces y cae al traducirlas. Una caída hecha por el afán de atravesar márgenes y abismos, buscar un fondo que nunca es tal porque el artista, en todo caso, sabe que puede crear siempre otro fondo más.

En Rosario hay muchos que pertenecen a este grupo como Comas, pero la narrativa preponderante que toma a la ciudad, a su interior y a su exterior, aún no llega a ver ese grupo en todo su poderío. Esplendorosos, a un paso del futuro, estos músicos importan y lo que tienen para decir debe escucharse, y el baile que nos proponen debe bailarse: esto también es ocupar espacios, ganar terreno, conquistar derechos y algo más, no quedarse en la migaja.

Claro, las deidades se narran de memoria y favorecen el engagement fácil, rápido y furioso, y también hay que decirlo, lo favorecen en gestos naturalizados (por lo tanto, olvidable en su cercanía). En cambio, los músicos de la caída no solo no se narran de memoria, sino que no se narran. Quiero decir, implican un desafío para ser narrados, no es una narración cualquiera, no es una más en el montón. Y no hay IA ni ChatGPT que salve las papas, a veces, incluso, no hay ni siquiera búsqueda en Google. Entonces es un desafío narrarlos porque se trata de ser o de estar en caída con ellos, o al menos intentar ir tras esas caídas. Supongo que así también entendemos desafío como compromiso (o no) con el tiempo que nos toca en gracia. Por eso la contemporaneidad puede ser una desgracia para hacerle justicia a nuestros contemporáneos: estamos haciendo esa memoria en vivo y en directo, estamos contándolos, que no es más que otra forma de estar contándonos, mientras nos conocemos (a nosotros, entre nosotros, a los afuera de nosotros que son tan o más importantes en esta puesta en relación social, cultural, política: vital). Y todo esto ocurre orgánicamente mientras nos ¿entendemos? y ¿le sacamos el jugo a la conflictividad? que tamaña tarea implica (o debería implicar, por eso tanto signos de pregunta: estas son otras deudas de esta época, una época que no dejamos de ser y hacer todos los nosotros que andamos por ahí dedito señalando).

Foto Nahuel Zvinklevicius

Pablo es un hacedor de canciones desde la ciudad de las canciones. Un ser rosarino y ser compositor en la ciudad que se configura al mismo tiempo como karma y bendición de lo que es hacer rock nacional y, para los más aferrados al statu quo de “altura”, de lo que es la cultura nacional. Como si fuera poco, hay un asterisco más: un hacedor en la época de la retrotopía. Hacemos memoria en vivo y en directo mientras algunos consumen esa droga discursiva afecta al pasado; mediocres y fingidos, ningunean (cuando no criminalizan) sistemáticamente el presente porque se sienten un poco amenazados ya no siendo el centro de la conversación, de la atención, o aún siéndolo —por las dudas, por si acaso— para reforzar lo que ahí los mantiene como deidad. Nada está a su altura, nada ni nadie: y ni se mosquean por sentirlo así, tan tontamente. Obviamente que con estas momificaciones no solo Pablo convive, y no es algo que solo afecte a Rosario. Luis Alberto Spinetta ya decía hace más de treinta años lo carcelario que es el asunto musical occidental, y hace no mucho Andy Chango lo reforzó hablando de cuánto más pesa esa prisión bajo la presión de lo que se supone rock. Sumarle a estas derivas el ideario de una nación que siempre se piensa cerrada y fija, siempre acorde a los fantasmas de cada uno, una nación pensada así, nunca abierta, excedida, trazada de lecturas y en constante movimiento y construcción: la tragedia se cuenta sola.

Tal vez acá haya algunas puntas para pensar por qué es tan interesante cómo Pablo compone. Lo rosarino y lo rockero aparecen como quien no busca ocupar un sitio —alcanzar la etiqueta, encajar en la batea, que le pongan la escarapela, ¡oh, ser recibido en los olimpos de lo que sea que cada uno llama rock!—, sino (busca) empujarlo al extremo, o al menos tensarlo. En un ejercicio de fuerza estaríamos hablando de llevar el músculo lo más cerca del fallo posible.

No se trata de desmarcarse por rebeldía ni por aspiración de singularidad: es otro tipo de gesto, casi espiritual, porque es menos exhibicionista y es concretamente radical en una búsqueda artística con varios horizontes. En una conversación musical argentina que funciona como una identidad fija, que da la espalda a los que van llegando —y pensar que uno de sus grandes héroes prometía “desprejuiciados son los que vendrán”—, donde los supremacismos y machismos se trafican sin pudor con la excusa del gusto musical, Comas no solo no se suma a esa forma de conversación, sino que la interroga, la descose, la deja a la intemperie y vuelve a acercarla como si quisiera ver qué permanece cuando todo el humo se esfumó, y no lo hace de manera explícita ni demagoga con una rebeldía tardía: lo hace haciendo canciones. Sí, hacer haciendo. La ofrenda novedosa de Pablo, entonces, tiene que ver con esa disposición que, en vez de subordinarse, subvierte lo que puede subvertir y lo que no, no lo alimenta: “Tiene la herida y la vocación para las causas perdidas” (La Descalza).

Supongo que hay una lógica de madurez que explica un poco lo siguiente: su último trabajo es el que mejor encarna todos estos gestos y reúne, formando un cuerpo distinto pero indudablemente propio, las capas de una identidad artística de largo trayecto: “Una plaza tras de mí, la guitarra en tu lugar, como el hijo que elegís, como el padre que buscas. No te quedes dormido, no me dejes dormido” (El Arte de Irse).

Arte de tapa y diseño por Sonia Basch

Hablamos de Dramático & Nocturno, un álbum que opera como una suerte de declaración sin dramaturgia: un conjunto de canciones que evitan el gesto altisonante y, al mismo tiempo, se rehúsan al minimalismo como coartada estética. Pablo no elige entre una cosa y la otra, trabaja en un punto intermedio donde la intensidad se vuelve una forma de concentración. Desde la casualidad poética, es literalmente ese punto intermedio que nos permite explicar un disco con la pulsión de vida que nos da a las tres de la madrugada, pero lejos de ser vital es una pulsión de vida muy consciente de las limitaciones, y claro, de las verdades, de las sombras, del sueño irreverente (sueño de soñar y sueño de cansancio que no deviene en descansar) jugando una pulseada. Parafraseando a ese viejo revolucionario divino que fue Huey P. Newton: quiero tanto vivir que estoy dispuesto a dar la vida por ello. Revolucionario y dramático: ¿acaso algo más nocturno que esto? Ninguna revolución arranca con el sol del mediodía, menos un sol de mediodía litoraleño. Lo que sí es posible frente a un destello que también puede ser insoportable, el rayo de sol que entra crudo y húmedo sin permiso, es “morirme siempre en primavera” (La Danza de los Bordes).

Por supuesto que cada canción tiene su tinte, hay algo casi estacional en cada una de ellas. Pero me gusta pensarlas en conjunto porque estas canciones delatan con carácter que quien las escribe se permite el derecho a la duda, y ahí su súper poder. Porque no es que se permite el derecho a la duda y sale de ella; no, lo agudiza. No ofrece resoluciones, no busca redimir nada. Prefiere exponer la fragilidad de ciertas certezas desde la economía precisa del verso y del acorde, desde las muchas posibilidades que le da una voz que puede pasar de la furia a la ternura, de la resignación a la invitación hacia un mañana mejor. Un estilo de canto con posibilidades de ave fénix.

Cada tema sostiene una forma de angustia que al no ser ignorada, anulada, moralizada, al ser corporal, intelectual y emocionalmente atravesada, incluso bailada, cuando no brutal en su sinceridad, termina siendo una victoria: Dramático & Nocturno es un viaje de esa forma de angustia a una forma otra de libertad. Quiero tanto ser libre que estoy dispuesto a enfrentar (y hacer canción) toda introspección por esa libertad: “y el corazón estalla y no tolero más las ganas de ganar” (Un Lobo Rojo Hermoso).

Este viaje también resulta especialmente significativo por lo que decíamos al principio. En una escena local pero también nacional, y hasta rioplatense, donde la figura del cantautor suele estar cargada de expectativas ajenas: la obligación de hablar por las tradiciones, de aportar a lo reconocible, de continuar un linaje que se presume ininterrumpido, Comas sortea ese mandato sin romper con él, simplemente lo deja sin centro. Abre la matrix del imaginario prefabricado sin renegar de su procedencia. Dramático & Nocturno se ubica en una zona lateral desde la cual todos esos rollos empiezan a filtrarse de otro modo: sin solemnidad, sin deuda, sin ánimo de corrección. Ahí está la carta ganadora bajo la manga: la libertad —la caída— canta bingo.

O mejor aún, un principio de libertad in crescendo. Porque es en el siguiente acto que la vemos consumada. Un siguiente acto que ocurre de día —pero no en la plenitud de esa luz, sino en la luz texturada— de la mano de Giuliana De Battista, covereando a duo magistralmente Watching the Wheels, de Lennon y para Lennon, con motivo del que debería haber sido su cumpleaños número ochenta y cinco. Nada está mal en este homenaje: la canción elegida, el video recreando la caminata original pero ahora por las calles rosarinas. Otra forma de que la ciudad sea canción y mejor aún, de que al fin la canción también sea una ciudad. Nuestra ciudad. Otra forma del derecho a ella, y claro, del derecho a la canción. A la canción de amor, a la historia de amor, al romance. Amor de mil formas y romances de mil formas, porque no solo se trata de dos, se trata de todo lo que contiene, rodea y sucede alrededor de esos dos y es tan clave, tan crucial, para que esos amores y esos romances puedan existir, ser vividos, crecer, expandirse y hasta ser contagiosos. ¿Cuántas veces escuchamos “el contexto no ayuda/no ayudó”? Apreciar cuando el contexto sí ayuda es otra forma de crear.

Entonces, acá tenemos a nuestro John y Yoko del litoral registrados por Vicky Méndez para que cuando esos empedrados ya no estén; cuando las calesitas sean reemplazadas por hologramas; cuando esas casas tapiadas ya sean megatorres disponibles para alquileres temporarios, y queden vacías en su mayoría; cuando en los galpones solo queden fiestas privadas —o ni fiestas, y solo privados especulando con su ubicación—; cuando el cielo ya no sea cielo y el Río Paraná ya no nos perdone: todos los ecos de este cover y de esta cinta nos recordarán que el amor sigue siendo el amor y que a una época, a una escena, a una nación, a una cultura, a una idea, a un paisaje, a una canción, a una ciudad, a la contemporaneidad y a todo aquello que queremos y que nos importa (también) lo salvamos cuando sabemos con quién(es) cantar a puro grito corazonado unos buenos estribillos. Desdramatizados, diurnos: vivos. A veces ganamos, y tenemos que saberlo.


Foto de portada Mauro Conforti