Molinari, Molinari, Molinari

   

escrito por:

Publicado originalmente en Awrora

Hay libros que parecen escritos desde un estado de suspensión. No desde la certeza, no desde la voz afirmativa que organiza a la literatura como esperanza posible de también ser otra manera de organizar el mundo. Sino desde un punto donde la gravedad pierde eficacia y el lenguaje queda flotando, como si hubiese sido arrancado de nuestra habla para subvertir un orden. Molinari baila, de Beatriz Vignoli, pertenece a ese cielo de obras que rechazan la estabilidad dada y que proponen una lectura que se expande en ondas. Es una nouvelle que permanece siempre en estado de aparición. Quiero decir: es una obra monumentalmente mutante en un cuerpo chico.

El narrador es Jay Rainbow, un crítico de arte radicado en Nueva York que viaja para reencontrarse con Molinari. Mientras que Jay Rainbow atraviesa paisajes y voces, mientras que reescribe su existencia y las biografías sociales que evoca se interponen con la propia, Molinari, ese nombre que es a la vez figura, gesto y ausencia, solo puede ser leído como un fenómeno. No es personaje, no es memoria, no es símbolo: es un pliegue en el aire, es el desplazamiento que se convierte en un instrumento de percepción que nos va permitiendo descubrir las tramas subterráneas, no por ello menores. Porque traen con gracia y volumen memorioso una manera de enunciar el racismo y judaísmo, por solo nombrar un par, a través del humor, la complicidad y también el diálogo entre lo particular. Un enunciado que a su vez se desprende y recuerda lo que podemos perder (y el daño que solemos hacer) cuando dejamos como sinónimos los idearios de pueblos, naciones, gobiernos, países.

El ritmo de la lectura avanza y entre lo trágico y lo hilarante hay algo que ocurre y se mantiene. Algo que mientras ocurre deja otras marcas en la superficie del texto. Entonces descubrimos que Molinari baila es otra cosa mayor a una novedad editorial: es Beatriz Vignoli creando en un estado sublime de elasticidad entre el ser, el decir y un tercer espacio.

Parece increíble, pero cada uno de estos capítulos fueron escritos para ser publicados en la contratapa de Rosario 12 a finales de la década del noventa. Otro siglo, otro tiempo, otro mundo, otros medios, otros lectores. La poeta y crítica, todoterreno cultural de bellezas y asombros, recupera la posibilidad del folletín para interrumpir las noticias con estos textos que luego se reunieron en diversas ediciones hasta llegar a esta última del 2025: una edición hermosa de UNR Editora bajo la colección Confingere.

La perlita de esta última edición es que incluye una intervención valiosa que ¿cierra o abre? un círculo: el actual director de la UNR Editora, Nicolás Manzi, fue el editor también de la primera publicación y de la segunda (por Casagrande). Así que parte de lo que hace valiosa su introducción es el recuerdo obligatorio a El ombú bonsai, ese inolvidable sello independiente que llevó adelante junto a Rodrigo Castillo y Rafael Carlucci entre 2010 y 2015, y cómo en un atrevimiento (sic) le pidió algún manuscrito a Beatriz. Así llegó a sus manos Molinari baila; en sus palabras, la mejor novela de la autora, la que “podría transformar algo banal en trascendente”.

En la escritura de Vignoli hay una instrumentación del desborde que opera con vértigo pero también recrea una aproximación cautelosa, como quien quiere acariciar la piel de un animal salvaje: sabiendo que cualquier exceso de intención podría quebrar el vínculo. En ese borde filoso donde el lenguaje deja de ser una herramienta y empieza a ser una intensidad se instala Molinari baila. La autora entiende que hay gestos que no pueden explicarse y que, sin embargo, sostienen el peso de una vida (de una obra). El libro avanza como un cuerpo que atraviesa habitaciones sin dejar de ser consciente del sonido que produce al moverse. Es un texto delgado y, al mismo tiempo, cargado. Nada es excesivo, pero todo es densidad. Una densidad que sublima data, como lo hacen los dolores, los miedos, pero también los sueños, los deseos, las formas de gozar que no se dicen del todo pero pueden ser determinantes para que la pulsión de vida cante victoria.

Hay momentos en que la narración parece un registro de sombras: figuras que se acercan, se disuelven, regresan bajo otra forma. Por momentos la lectura es proactiva y física, como si en ese gesto lector se estuvieran recogiendo restos de luz, restos de ecos, restos de cuerpo y de paisajes. Nada está completo. Nada se entrega sin una fuga simultánea. Molinari baila tal vez sea la posibilidad de ver cómo las identidades viven en tanto y en cuanto estén en progreso hacia otro tiempo al caer, otro tiempo del ser y del estar. La identidad no estática, en una construcción permanente, atentas a que si ya se puede escribir es porque ya no se es así, no se está así, sino que ahora ya es/estar asá. En ese tránsito perpetuo hay que volver a correr al lenguaje y a la estructura. Pero Beatriz, más que correr, nada por el lenguaje como pez en el agua. En sus aguas. En esa lógica de apariciones y desvanecimientos, el libro funciona también como una extensión del modo en que la autora ha construido su obra. Ella escribe desde una tensión entre lo íntimo y lo conceptual, entre la percepción y la teoría, entre lo que roza el cuerpo y lo que lo excede: es toda imaginación pero también es toda verdad.

Entre la verborragia y la densidad visual, leer Molinari baila es aceptar un tipo de lectura que no se apoya en la comodidad del sentido. Abre un espacio en el que no importa la resolución, sino el intervalo. Mejor aún: el interludio, porque no sería desacertado pensar este libro como un acto de free jazz. Free jazz pampeano, porque Beatriz es nuestra. Donde el cuerpo que baila es también un enigma, un espejo, un acontecimiento que según quién lo mira deviene en problema filosófico. Y en ese baile, baile que siempre transforma el espacio que lo contiene, todo territorio es político y su forma de ocuparlo es cultural para acusar historia.

Vignoli es una autora atravesada por su lugar en el mundo. Lo rosarino —no como geografía explícita, sino como pulsión— aparece en su modo de mirar lo frágil sin sentimentalismo, en su fidelidad hacia las zonas imperfectas, en su capacidad de abrazar lo inacabado. Es una autora con una política del afecto que no necesita ser explícita ni literal, lleva consigo sus signos para no borrarse en lo global. Incluso cuando la historia se monta entre otra tierra y las nuestras, entre las ficciones y las realidades, Beatriz, de nuevo y subrayado, siempre es nuestra Beatriz: una voz brújula, una presencia que nos mueve, una idea que nos alumbra en una región hambrienta de poetas desobedientes, arrabaleras, y pampas profundas. Que, como decía Borges, son las dos grandes manifestaciones de nuestra patria.