Publicada en El Eslabón — Edición impresa del 13/04/2025

En esa obra maestra que es El odio a la música, Pascal Quignard recupera un fundamento chino: “la música de una época revela el estado del Estado”. Me maravilla esa expresión porque es una idea breve que contiene toda la complejidad posible no solo de la conversación musical, sino de la forma en la que suele multiplicarse la reducción de la música al producto que nos entra por los oídos para, desde ahí, como quien no quiere la cosa, jerarquizar culturas, sectores sociales, puntos geográficos. Una rosca automática que elige ignorar o minimizar que la relación con el producto musical es, ni más ni menos, una relación aleatoriamente constituida por mero gusto y por memorias emocionales. O sea, no somos lo que escuchamos, no somos tan especiales ni geniales como nuestras playlists. Y por lo general, salvo excepciones que hay que bendecir, porque lo extraordinario siempre es un milagro, la mayoría de los que hacen esa obra genial también son bastante flojos, no tienen nada que ver con lo especial que hicieron, aunque haya nacido de ellos como resultado de un montón de elementos y cruzas que ni ellos quizás puedan explicitar.  

Hay algo más en la manía de exaltar hasta lo idílico lo que entra por los oídos y nos gusta, y descalificar todo lo que no nos gusta con serenatas intelectuales que ignoran la base sustancial: el infinito particular que radica en el interior de lo que escuchamos. Ese “algo más” suele rozar lo idiota. Idiota en el sentido griego del término: el individuo que se pone como alfa, centro y omega de todo, el individualista que no está capacitado para encarar un proyecto en común acorde a su tiempo y espacio, al que, en consecuencia, los griegos no le permitían participar de la plaza, de la vida pública. Idiota en el sentido criollo: corto de entendimiento.

Lo corto y lo individual en la música no existen, ni siquiera existe la música en singular: las músicas. Son las músicas las que contienen los procesos, circunstancias, intereses, las búsquedas y pérdidas, los encuentros y desencuentros sociales que se van transformando en otra cosa: canciones, pinturas, poemas, melodías, etcétera. Estos son apenas una ventana a las genéticas sociales y culturales temporales. Ventanas que al abrirlas nos dejan contradecir la habladuría del momento o acceder a una versión amplificada. Por ejemplo, cuando un presidente dice que el momento de oro de una nación fue la década del 30, solo basta con mirar los cuadros de ese tiempo y escuchar las músicas que en esa contemporaneidad eran consideradas “menores”, “vulgares”, “cosa de negros” y cómo sus entusiastas, aficionados y simpatizantes vivían. 

Lo que callan las historias oficiales y los discursos predominantes, lo que manipulan las modas y sobreactúan los oportunistas, lo que no se quiere decir ni mostrar, lo que no se quiere pensar, lo tabú y lo pateado lejos, esperan por nosotros en canciones y sus derivas, en el baile y sus tantas formas, en los espacios a plena luz o a plena oscuridad, en el secreto o clandestino, en lo hogareño donde han ido aconteciendo, sobreviviendo para ser luego letra, melodía, pista. Ninguna música muere, nada está más vivo que la música: ahí su poder, ahí la vida eterna, pero no toda eternidad es buena, también tenemos el lago de fuego. Ahí también está su peligro.

Las músicas guardan el recorrido de las comunidades y los desarrollos urbanos constituyendo a su valor una tradición insumisa, la de saberse no vencido en espíritu y alma mientras se pueda cantar y bailar. Entre el movimiento sonoro y el movimiento corporal, todo aparece indomesticado y alumbra nuevas rutas de conocimiento hacia nuevas verdades. No todos quieren escuchar o no todos quieren ceder el lugar de ser voceros de las historias, sobre todo los que necesitan del statu quo.

Historiar a partir de la conversación musical es vencer el relativismo y la distopía epocal. Es a través de las músicas que hallamos y hasta recuperamos el espíritu vital de la cultura: el conflicto. La cultura siempre es resultado de choques, algunos sumamente violentos, otros más próximos a la noción del acontecimiento. Pero no hay nada puro en lo musical porque no lo hay en el acontecimiento cultural, no hay nada ordenado ni lineal, no hay canje ni consenso. Los intercambios vienen tanto tiempo después, tan sutil como condicionalmente que no cuentan en su génesis. No es que todo este ordenamiento e ida y vuelta arreglado no exista. Existe, y se llama producción, lo que nos obliga no solo a pensar, cuestionar, revisar, interpelar, demandar su estructuración (de lo contrario seríamos receptores sumisos, todo lo opuesto a la vitalidad conflictiva que requiere una vida cultural próspera y de bienestar, de bien común y en pos del desarrollo espiritual y sabio personal a fin de colaborar a ese cuerpo colectivo que nos contiene), sino que también nos obliga a hablar de mercado. Pero esa es otra charla, otra disposición de lectura y comprensión y, sobre todo, otro texto, aunque acá amerita un asterisco para los que lean esto de costado: esta mención no tiene juicio alguno, no cito la idea del mercado como —a priori— “el hombre de la bolsa”. Aunque la historia demuestre que tiene más de eso que de cualquier otra cosa.

Me gusta mucho esto que dice Leandro Donozo, editor de Gourmet Musical, pionera editorial independiente especializada en cultura musical, que este 2025 festejó sus veinte años y sigue contando: “La música es demasiado importante y valiosa para considerarla un mero entretenimiento o algo solamente vinculado a la pasión y tratarla con la ingenuidad con que muchas veces se habla de ella, más digna de un romanticismo decimonónico que del pensamiento contemporáneo. Creo que hoy en día no se puede ser una persona culta sin prestar atención seriamente a la música y todo lo que la rodea”. 

La conversación musical, la lectura sobre las músicas, el no reducir ese plural a un singular de mercado (mercado que hace cuerpo con lo individual y con su ego, cuando el plural —las músicas— hace historia con el cuerpo social y las tensiones que atraviesan ese cuerpo en una historia que es siempre la misma: la historia por la libertad y el bien común) es la posibilidad profunda de comprender la realidad por otros medios, con más y mejores elementos, con más voces y formas de construir no solo relatos, es decir, no solo ser testigo y testimonio, sino de hacer acto de fe y dar fe. La conversación musical que toma a las músicas en todo su potencial permite darle lugar a los borrados, los ignorados, los silenciados, los que solo a través de las músicas pudieron decir algo a su tiempo y espacio y lanzar al espacio lo que el futuro debería oír.

Donozo, dedicado mayormente a investigar y a editar más que a escribir, acaba de publicar Manifiesto por una musicología punk y otras ideas herejes, un libro que puede funcionar como la piedra fundacional de la conversación musical de este siglo, tan estancada aún en vicios y manías, y sí, lo ya dicho, supremacismos históricos. En uno de los textos incluidos en este trabajo indispensable y urgente da dos señalamientos tan obvios que es desolador tener la necesidad de presentarlos, pero así están las cosas. Primero, advierte que la escritura no solo que no puede vivir de lo que Google da, sino que quienes escriben deberían ir dándose por enterados: la gran mayoría de los lectores, por no decir todos, hoy tiene acceso a esas mismas búsquedas, herramientas y posibilidades. Internet te obliga a repensar los qué de las publicaciones y no minimizar al lector. Por otro lado, estrictamente en lo musical, advierte que no se puede seguir ejerciendo el oficio a merced de una cultura del rock caracterizada a la perfección por varios personajes de Capusotto. 

Tal vez esto sea lo más difícil de revertir: el rockero, sea hombre o mujer, está muy orgulloso de esas características sin asumirlas rancias ni ridículas, sobreactuadas, mediocres y mediocratizantes, y más aún: infantilizadoras. Esto yo lo llamo el síndrome William Miller, el personaje de la película Casi famosos que cumple el sueño de ser periodista de rock, sale de gira con la banda y convive entre groupies. La romantización del oficio en la película alcanza lo insólito a niveles que redime la exaltación del rol del pibe y de su frustración. Salvo excepciones, el periodismo musical argentino vive en ese estándar sin cuestionar los cómo, y no solo de las publicaciones, sino de su propio trabajo. 

Para Donozo, la irrupción de Capusotto interviene de lleno en la percepción de la conversación musical y obliga a pensar más que nunca el cómo decir lo que hacemos, lo que somos, lo que contamos. Por lo que el texto concluye con una exhortación divina: “La crítica tiene que ser más que informar y emitir juicios. Un texto puede ser, con todas las comillas y las salvedades del caso, una forma de obra, a medio camino entre el periodismo, la musicología y la literatura, pero con un peso propio, con algo que aportar en un sentido comparable al que una nueva composición musical puede ofrecer. Una crítica puede ser también una herramienta de construcción artística y social”.

Hace unas semanas, hablábamos con Santi Garat de cómo la historia política y la musical se necesitan. Él me contaba de una conversación con su madre a la salida de una presentación de la Orquesta de Tango del Guastavino. Ella pensaba que el director de orquesta no era tan necesario porque los músicos son geniales, saben mucho, ensayan mucho. Justo Santi había entrevistado a Mariano Asato, el director, así que le contaba lo que él mismo le explicó: es imperiosa la necesidad de un director, los músicos necesitan mirar hacia arriba y al centro. Puede sonar muy poético, y lo es, pero también es un recordatorio muy práctico, y lo diré parafraseando a Virus: todos necesitamos salirnos del agujero interior. Para eso, las conducciones importan porque somos multitudes (incluso en nuestro interior habitan multitudes de nosotros, entre lo que fuimos y queremos ser). Así que la conversación derivó rápidamente hacia una lectura sobre la actualidad y la falta de líderes.

Pero el clímax de esa charla vino de la mano del tango mientras que celebrábamos la existencia de la cumbia villera. Una cumbia que nace para formularse políticamente y dar voz propia donde hasta ahí solo había voz ajena y voz blanca, voz sensacionalista. Entonces la pregunta al aire fue por qué el tango y la milonga, y otras músicas rioplatenses, no pudieron sostener una narrativa así si nacen de lo negro y mestizo, del choque entre el atroz legado colonial y las flamantes independencias, bajo la presión del borrado que empezaba a padecer la historia negra de nuestra Patria y del empuje hacia los márgenes de todo lo que no conciliaba con el horizonte eurocentrista. Una lectura posible es que el tango y la milonga son las músicas de fondo de la reivindicación a la clase trabajadora que comanda el peronismo, y fueron sus artistas principales, los más populares, los que cargaron luego con la proscripción, la persecución, la censura o la indiferencia, el cierre de oportunidades y estigmas diversos. Sin más, Mordisquito, Hugo del Carril, Tita Merello: tres carreras que acusan la historia y encarnan el arco de los acontecimientos, pero también tres nombres para evidenciar que aunque parezca quedarse algo en el camino perdido para siempre, alguna semilla cae y hay que esperar. 

La Orquesta de Tango del Guastavino es un ejemplo. Puede ser que el tango no sea una música central y su deriva en producto turístico y de exportación hayan hecho mucho daño a su historia, pero tal vez tengamos que decidir nosotros si miramos eso o buscamos y encontramos en nuestra cercanía algo del tango argentino que nos representa. La Orquesta tiene un video del tema Calle en el que salen a tocar y a copar el espacio público. Pero el video aparece con otra ocupación de lo público: eligen comenzar el video con un plano sobre los pies marchando al ritmo de “a donde vayan los iremos a buscar”, y finaliza con el plano de las Madres aplaudiendo que “el pueblo las abraza”. En el medio de esas imágenes, suena Calle y suena el retorno a un tango que no pudo ser explícito mucho más allá de los cincuenta pero que es hoy, y será mañana. De hecho, Mordisquito no llegó a vivenciar todo lo que este tango acusa, pero su semilla está toda ahí sin necesidad de ser explícita.

En el manifiesto que le da título al libro, Donozo exclama: “Frente a una musicología que cree que puede prescindir de los archivos o de bases fácticas sólidas y que cree que le alcanza con leer la última revista norteamericana o europea y el diario de ayer, no hay futuro”. Tal vez el futuro sea lo que reza Horacio González, la idea de seguir haciendo historia argentina desde aquello que se nos presenta inglobalizable. Un contraataque para estar a la altura de lo que las músicas ofrecen desde su interior y una honra al oficio que elegimos, en palabras de la gran Graciela Paraskevaídis (que recupera Omar Corrado en Estudios sobre la obra musical de Graciela Paraskevaídis, publicado —como no podía ser de otra forma— por Gourmet Musical): “Aunque a nadie le importe mucho, ser compositor o intérprete”, y acá podemos pretendernos compositores de textos pero también desde la escucha y lectura en general, porque toda canción, poema, pintura encarna una posibilidad de lazo y sentido social, “es una manera de estar en el mundo, es hacer preguntas y buscar respuestas, es tratar de existir y resistir, es dudar y cuestionar. También es un modo de ejercer el derecho a la libertad, y por ende, un acto de rebeldía”.