Esto es un recorte del Delivery #73
Delivery no es (tan solo) un newsletter de arte, es (sobre todo) un newsletter de estados mentales. Para recibirlo completo y directo en el mail >>> eepurl.com/dHhpQ5 ♥
Pinturas de Iwo Zaniewski
Marina Garcés cita un verso de Salvador Espriu: “No te tengo que dar acceso a mi secreto”. Su idea la complementa con una escritura que se desnuda en su deseo: “Que no nos arranquen el secreto, el secreto de cada vida”.
Cuando leí esas oraciones tuve una asociación inmediata con la voz dulce de Gustavo Cerati cantando “sin secretos no hay amor” (Magia). Me gusta porque ese crush me llevó a pasear por canciones que son muy potentes en marcar bordes vitales. Gustavo también canta “el misterio es contradicción” (Me quedo aquí). Secreto y misterio no son lo mismo, ocupan lugares esenciales, sustanciales en la sensualidad y en toda puesta en relación de nosotros con el mundo. Comprender la diferencia entre ambos puede salvarnos de correr tras el viento y quedar atrapados en las peores trampas, las propias y ajenas. Elegantes en su justa medida, aún con sus diferencias pueden conectar y volverse en nosotros una fortaleza para cuidar nuestras almas, nuestra paz, sin que eso implique perder gracia. Más bien, al contrario, la gracia se empodera, rebela, emancipa. La seguridad que tiene Fito en que “la estupidez del mundo nunca pudo y nunca podrá arrebatar la sensualidad” (Cadáver exquisito) está en el solo reconocer el poder del secreto y del misterio cuando, a pesar de sus diferencias, se unen y nosotros no los arrebatamos de su capacidad. Es decir, los dejamos ser. Como diría mi abuela, si querés ver milagros, dejá a Dios ser Dios. Bueno: dejar al secreto y al misterio ser secreto y misterio.
Y al parecer, no los estamos dejando. ¿Por qué parece que la estupidez finalmente sí arrebata la sensualidad del mundo y, a decir verdad, lo arrebata todo? Porque no hay secreto, no hay misterio. Justificando el título que elegí para este Delivery: no hay puertas cerradas. La vida entra en un reel, todo puede ser una historia para mostrar dónde estamos, qué bebemos o comemos, cuánto lloramos hoy, cuánto nos reímos, a quién besamos, a quién rechazamos, a quién humillamos, a quién ayudamos, el vértigo por la opinión sobre todo, la fantasía del compromiso con todo lo opinable. Ah, la lista es interminable porque hay una historia, un reel, una captura para cada momento de la vida y para cada ataque de ansiedad que surja por ser vistos y por ver. Nunca se ve lo suficiente, nunca nos mostramos lo suficiente. Reemplazamos secreto y misterio por ser vistos y ver. Es la luz sobre la sombra del voyeurismo, ni siquiera es una inversión, es una competencia de roles: te veo mientras me dejo ver.
Había un episodio de Portland que se burlaba de todos los que querían ser DJs. Una mañana se levantaban y la ciudad era un caos: carniceros, docentes, empleados municipales, policías, nadie en toda la comunidad ocupaba su lugar, todos estaban siendo DJs. El lazo social y el orden se habían quebrado. Me acuerdo siempre de ese episodio porque había un recurso muy poderoso: la música alta y todos en modo fiesta. Pero cada uno era una fiesta y cada uno tenía su música alta. Un rejunte bajo un mismo cielo no garantiza ningún encuentro. No te digo la obviedad de la conversación imposible, lo roto era algo previo y mayor. Ese episodio funciona para esta actualidad en la que todos quieren ser influencers, el sueño del momento viral propio, vivir de las redes. Me intriga un poco porqué quieren la fama, qué clase de sueño y aspiración es esa. Pero ese es otro tema. La cosa, acá, es que todos quieren ser influencers de algo. Ese algo es un sin importar qué, es decir, de la nada. Nada dicen, nada oyen, nada conmueven, aunque no paren de dar, mostrar, hablar, producir, nunca antes la nada fue tan contundente. Nunca la nada imaginó ser un contenido, hoy lo es, y no solo eso. La producción serial logró hacer serial la nada misma. Que nada digan, que nada oigan, que nada conmuevan, que la nada sea nada no significa que no haya afectación: la nada es la mayor afectación porque es la disolución de todo lo tangible y, sobre todo, de lo no tangible.
“Hay personas que arrasan con los lazos por querer estar en todas, por querer estar en alguna. En ese caso, todo es lo mismo, todos son lo mismo: un vehículo para ser alguien, un medio para llegar a su fin. Y en nombre de eso se arrasa también con las afectividades, se usufructúan relaciones, se especulan contactos, se hace lobby de sí mismos. Así se van degradando, rompiendo, arruinando también los lazos que no son estrictamente de amistad, pero que conllevan un afecto. No hay, en esos casos, ninguna ética de la afectividad. Esto no es nuevo, sólo que ahora queda a la vista de todos en la vidriera de las redes”, escribió Alex Kohan hace unos meses en su columna de elDiarioAr, una de mis favoritas de su historial. Las vidrieras son la vida sin puertas, la vida sin puertas es la vida sin intimidad, que no es lo mismo que la privacidad. Al igual que secreto y misterio, en sus diferencias, cuando intimidad y privacidad se unen algo esencial ocurre: podemos corrernos, contemplar, escuchar, rendirnos, que nada tiene que ver con dejarnos vencer, es un desplome que sacude el afuera, el traje del afuera, un dejarse caer que se parece mucho a respirar profundo y exhalar. Volver a un básico: descubrir que el silencio absoluto no existe, y ese no absoluto, de nuevo, nos salva. Porque en el no absoluto hay texturas, bordes, curvas, sabores, desconcierto, intriga. Lo aprendido y desaprendido se cambian sus ropas y nosotros cambiamos la piel.
Es paradójico que lo íntimo y privado sean cosa pública en un tiempo que desprecia lo que efectivamente tiene que ser público. Porque lo público siempre trae una idea de nosotros, en cambio, lo íntimo y privado volviéndose público, o bien, volviéndose publicaciones, se tratan de uno mismo. Un uno mismo que hoy se define por capacidad de consumo. Y esto no es tan lineal como parece. Vuelvo a Alex: “No somos consumidores, ni usuarios de redes, somos los consumidos y los usados”.
Renata Salecl señala que la exhibición, el nivel de esa exhibición, habla de cuán al fondo mandamos todos los grises que crecen y presionan en nuestro interior. “La angustia surge de la percepción cambiada que tiene el sujeto de sí mismo y también de los cambios en su propia posición en la sociedad”, dice. Sembramos angustia y cosechamos anestesias. Ahí, el loop de angustia y anestesia nos condena a perder la misericordia nueva de cada día, el susurro que nos recuerda que no somos algoritmos, que somos carne y espíritu hechos para vivir en comunidades de carne y espíritu. Lo que hace posible la convivencia entre carne y espíritu es la intimidad, el silencio, el apartado de un afuera que siempre te es ajeno, que es inconquistable, que no es parte de tu cuerpo. Borrar ese borde es entregarse a una nada en la que todo vale lo mismo, todo es igual. Tal vez la contradicción que presenta esto con la ansiedad por exaltar el yo excepcional nos sugiere que no todo está (tan) perdido.
Digo esto porque podemos reconocer también una demanda social no solo válida, más bien, valiosa, pero muy compleja, desafiante para sectores que se han aferrado a la idealización de lo colectivo sin replantearse qué es lo colectivo ni cómo funciona, mucho menos su parte, los efectos y consecuencias de su parte en ese colectivo. Frente a esto, la actualidad nos exige discernir entre individuo, individual e individualismo y atender los trasfondos propios, los que, además, dan cuenta de heridas culturales que son necesarias restaurar. Me gusta mucho cómo lo piensa Marina Garcés: “Desorienta ver cómo palabras que hemos cultivado y prácticas por las cuales hemos luchado se imponen con la fuerza peligrosa de un nuevo moralismo. Me refiero al moralismo colaborativo, es decir, a la posición que defiende que solo aquellos que hacemos colaborativamente es bueno. (…) Hemos confundido la lucha contra el individualismo y contra la privatización de la existencia con la configuración de una nueva herramienta de control que consiste en no dejarnos hacer nada solos. Y lo que es peor: a no dejarnos ser solos. Pero donde no hay capacidad de soledad, consistencia y autonomía en las decisiones más irreductibles no puede haber una colaboración libre”. Hay una pregunta que la filósofa se hace y que puede marcar un camino hacia la reparación de este laberinto que construimos y repetimos como serenata de un supuesto bien: “¿Cuánta farsa se esconde detrás del imperativo de hacer las cosas juntos?”. El hacer todo a pulmón siempre es con el pulmón del otro. Las celebraciones al decir “no”, a las puertas cerradas, a todo gesto dignificador, emancipatorio, autoprotector, el tomar distancia por cualquier razón y de cualquier índole, incluso sin razón alguna, solo es aceptable y festejable cuando es uno el que lo promueve, no cuando uno lo recibe como respuesta.











Cuando vio que las ciudades empezaban a transformarse, gentrificación mediante, en espacios que prometen entretenimiento y experiencias, Henry Lefebvre puso el grito en el cielo porque entendió que la práctica social se convertía en pura ideología publicitaria: “la cotidianeidad parece un cuento de hadas”. En esta línea, la cereza del postre la pone Marta D. Riezu: “El infierno es un lugar donde todo es moderno, atractivo, fácil y entretenido”. Las puertas cerradas son necesarias y funcionan aunque estemos a campo abierto, no tienen un dónde específico entre paredes. La puerta la pone uno: hasta dónde entro yo al mundo y hasta dónde el mundo entra en mí, aplica igual si en vez de entrar usamos salir.
“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos”, les dice Jesús a sus discípulos cuando estos le preguntan cómo orar, cómo hablar con el cielo. Pero podría ser un kit de supervivencia para romper la matrix gentrificadora, un abecé contracultural y, también, sobre todo el final, una crítica aguda de la habladuría del mundo sordo que habitamos. Se habla sin decir porque los oídos no escuchan. Oídos y bocas sin puertas: una fiesta popular no del malentendido inevitable (y vital) que es el ser social, sino del malentendido que se regodea en el no entendimiento con el otro, porque eso marca una distancia. Las teorías conspirativas, el terrplanismo vive en la idea de que todos somos tontos, el campo nacional, las izquierdas, que los otros son burros y malos. Mil historias y lecturas de épocas se reducen a estas dicotomías simplistas. Bueno, a la dicotomía eterna de buenos vs. malos. Autoglorificados en sus propios sentires, nos ahogamos todos en una ficción. Pero, parafraseando a Maggie O’Farrell, no hay vidas únicas porque no hay muertes que lo sean: “Las experiencias cercanas a la muerte no son nada único ni excepcional”. Cerrar la puerta también nos sirve para eso: no solo para sincerarnos en la ordinariez con la que despreciamos la vida de los otros, es decir, la ordinariez con la que nos relacionamos con la muerte, porque todo desprecio por la vida es una preferencia por la muerte, sino que también es recordarnos que nuestra muerte será olvidable, como la de todos, porque nuestra vida lo es. El todo pasa significa, en realidad, todos pasamos.
Silvina Ocampo, cuando lidiaba con las demandas superficiales y efímeras de la vida social del escritor, de la clase alta, de la mar en coche, decía ser íntima. Una defensa frente a los que te piden presencia, vínculo, nombre, cara, participación, responder ya, ser de la manera que ellos imaginan que uno es y más: no, soy íntima. La intimidad es el poder elegir en su máxima expresión, y no solo poder elegir los quiénes o los qué, algo que, en verdad, dudo que realmente podamos elegir, al menos no lo hacemos en soledad, somos cuerpo, un cuerpo que se suma a la asamblea de ciertas elecciones. Pero, sí, en todo caso, los hasta dónde, los cuándo, los cómo. La intimidad es el verdadero amor propio sin ser amor ni ser propio, pero todas esas virtudes que le adjudican a esa fantasía se encuentran ahí, en esa experiencia sublime, laboriosa e insoportable que es la intimidad. Cerrar la puerta y defender la complicidad con lo que nadie ve, con el principio de las cosas que luego se verán, con las voces de nuestros elegidos formando melodías, con el secreto y el misterio de la vida, con lo que no todos están interesados para ver, escuchar, recibir. La puerta cerrada es una frontera entre tu corazón, con todo y todos los que llevamos ahí, y la expansión de cada una de esas cosas y de esas relaciones, personas, recuerdos. Una expansión que no sabemos dimensionar pero que es inconquistable para el mundo y viaja entre uno y el cielo.
Vuelvo a Marina Garcés y una (otra) pregunta crucial: «¿Una persona honesta es una persona transparente?» No. La transparencia medida en quien todo lo muestra y todo lo explica, partiendo de lo que se espera que ocurra con las instituciones, llevado como plan a la vida personal, como garantía de lazos seguros, es otro espadazo. “La consecuencia, terrible, es que solo confiamos en quien lo explica todo, o en quien dice explicarlo todo. Y todavía peor: convertimos en sujetos peligrosos a todos aquellos que no ponen el 100% de su vida a la luz pública. (…) No soportamos no saber. No toleramos la opacidad, el secreto, la sombra. El secreto es peligroso”. En peligrosos o en enfermos. Y frente al peligro y la enfermedad posibles ya sabemos lo que ocurre: todo es denunciable y diagnosticable. En las redes, en ese mundo de puertas abiertas, denuncia y diagnóstico muchas veces son lo mismo.
Frente a los estados de inminencia constante, de urgencia, de desamparo, la puerta cerrada es un abrirse a otro mundo posible. Un mundo que nos ofrece nuevas formas de confiar, las que tanto necesitamos a partir de las estructuras de control, de despersonalización, de deshumanización, de deserotización que se pretenden renovadas y se multiplican como espejitos de colores. Estructuras que también nosotros creamos, replicamos, contagiamos. Necesitamos nuevas formas de crear y confiar para ejercer una ruptura con los mandatos que se presentan novedosos y/o bondadosos, pero son los mismos de siempre, con el mismo fin de jerarquizar las vidas y la capacidad de deseo de esas vidas.
Cierro esta puerta imaginándome una conversación directa entre Alex Kohan y Marina Garcés. Ahí donde la española dice “Contra la privatización de la existencia, estamos redescubriendo la fuerza de compartir recursos, ideas, afectos, conocimientos, prácticas, aprendizajes, información… Pero no nos dejemos engañar: compartir no es explicarlo todo. Cooperar no es volvernos transparentes ante lo otros, y todavía menos a los ojos del poder. La confianza es, precisamente, la capacidad de relacionarnos con lo que no sabemos”, Kohan concluye: “La potencia del secreto como un acto de resistencia al poder, ese que pretende arrasar con nuestra intimidad. El secreto como un acto que puede suscitar una verdad nueva, esa que nunca antes nos habíamos querido contar, una verdad que nunca antes habíamos querido saber”.
