Publicada en La Agenda./
La imagen la sabemos de memoria: Argentina alcanza su tercera estrella y se consagra campeón con el mejor jugador de la historia del fútbol jugando posiblemente su último Mundial, y él, con una sonrisa que le explota la cara, se acerca hacia su familia y con las manos en alto —como quien avisa a una orquesta la consumación del acto— les dice “ya está, ya está”. Seguramente, de todas las veces que soñamos a Lionel Messi campeón del mundo ninguna reacción imaginada se acercó a esa.
Tal vez porque todo lo que podíamos imaginar ocurrió antes, en Brasil, la noche por excelencia del fútbol continental en la que, más que romperse un hechizo, el capitán de nuestros corazones quedó de cara a la gloria de su Dios, que le recompensó la fidelidad y abrió para siempre los cielos en donde, hasta esa instancia y a pesar de haberlo ganado todo, se le había negado lo más importante y preciado para él: llevar a la selección, a su selección, a lo más alto. Esa noche de maracanazo argento hubo un derrape de aura sobre el campo, un desplome que quitó la cruz de la espalda: el peso era ahora el del amor victorioso. Todos los cuerpos haciendo una montaña dando testimonio del sueño propio que devino en sueño colectivo: ver al héroe por el que juegan —al que siguen/adoran desde niños y adolescentes— ganando algo importante con la albiceleste. Así, entre los abrazos y lágrimas con los compañeros —al fin, los ideales para tamaña gesta—, el despliegue de emoción y éxtasis no pudo ser pausado ni por las videollamadas que intentaban cubrir la ausencia de los familiares bajo las reglas de la pandemia.
La Copa América fue un desahogo de dragón que auguraba el principio de un final de carrera bajo el calor de las más dulces glorias. Dicen por ahí que Dios es un Dios del minuto noventa: el que aprieta pero no ahorca, el que te cumplirá los deseos de tu corazón después de haberte llevado por los desiertos que más lejos parecen quedar de esos deseos, porque así puede revelar su poderío y hacernos partícipes, no porque solo no pueda, sino porque nos prueba y esfuerza. Hay que creer, hay que confiar, eso pide Dios y eso pide Messi después de perder con Arabia Saudita: “Este equipo no los va a dejar tirados”. Porque todo pedido divino siempre tiene una promesa. Al mes, después de besar la copa más linda, esa declaración de fe se convertía ahora en una confesión de pacto: “Sabía que Dios me la iba a dar”.
En aquel primer momento, y en realidad hasta no hace mucho, esos “ya está, ya está” llenos de información parecieron no ser leídos por el mundo. Todavía estaba con el corazón en la boca y los pies en tierra árabe cuando las preguntas urgentes de los sensacionalistas apuntaban a capturar las primicias: ¿es tu último mundial? ¿Vas a volver a Francia? ¿Ahora sí volves a Barcelona? Cuando estas preguntas se empezaron a responder aparecieron otras de igual medida. Puede cambiar la ciudad, la camiseta, el escándalo inventado, la demagogia, el golpe bajo o el conflicto real, pero siempre de un realismo banalizado, morboso, lo que no cambia es el no espíritu de esas preguntas inoportunas, sin respuestas posibles, que, además, a quién le importan. El problema de tener una vida digna de libro bíblico es que tenés que convivir con los simples mortales que se alimentan de raspar en el barro. Hasta que, en otro “de repente” divino, finalmente sucede el acontecimiento narrativo que no le teme a lo que en carne se nos escapa.
Por todo esto me gusta tanto que “ya está” haya sido la expresión elegida para titular el último libro de José Santamarina, publicado por Vinilo Editora. Porque ese “ya está” de Messi, que funciona perfecto como suspiro pero también como epitafio, es más un anuncio que cualquier otra cosa. Un anuncio de un Messi que conocemos mucho y a la vez, y por sobre todo, nada. Un Messi que no solo es extraordinario dentro de la cancha, también fuera, porque ha sabido mantener lo que él mismo llama “una vida normal”. Sin embargo, nada es menos normal que la vida de Messi. Y claro, nada es más normal que la vida del tipo que apenas es coronado con la tercera estrella dice a los micrófonos del mundo (rendido a sus pies) que lo que más quiere es estar ya en su casa de Rosario tomando sol y unos mates con Antonela.
Con una escritura que rebosa dedicación y ternura por el detalle, Santamarina nos entrega los destellos que se esconden detrás de cada gesto messianico. Hay una curaduría sensible en esa selección, un ver donde no se está viendo ni hablando, porque la figura del deportista espectacular es demasiado inmensa y lo toma todo, “un color que no existía, una música en el aire del mundo (…), el fútbol como si fuera la primera vez, (…) la estética y la estadística”, pero el campeón no es solo eso, o más aún, es lo que es a nuestros ojos por todo lo que no vemos y por lo que él y los suyos supieron atesorar para sí, porque “ser el mejor es una circunstancia no definitoria (…) la vida propia depende siempre de vidas ajenas”. Y sí, a veces, el deseo de la normalidad, por más cuestionable que sea la idea de lo “normal”, tan variable según lo que nos toca portar y enfrentar, es otra forma de terrenalidad posible y necesaria en una vida cifrada por el pacto con Dios.
Si el Dios del minuto noventa nos dice que de Leo ya todo estaba escrito, el autor de Ya está. Variaciones sobre Messi nos guía por todo lo que nos queda por descubrir, pensar, conmover, mejor aún, colectivizar y celebrar de las huellas que va dejando a su paso nuestro misterioso y sentimental capitán. Lo hace con definiciones que son para enmarcar y sin contar nada que no sepamos, lo que nos recuerda que leer y escuchar nunca es solo lo ya escrito y dicho, en todo caso, el verbo apenas comienza ahí.
Spoiler: para los que creen que leer y escuchar es netamente lo escrito y dicho les parecerá que Ya está empieza por el final, porque Santamarina parte de la llegada de Leo a Miami, “a partir de este momento, la forma definitiva del rosa”, pero no hay otro lugar por donde arrancar que no sea ese. Porque siempre se empieza por el principio y Miami es el principio por excelencia. La vida después de la vida que trae toda consumación y que descansa en una premisa: todas las historias son de deseo. Y el deseo en la historia de Messi tiene una nacionalidad, argentina, pero en la historia de los argentinos, el deseo, aunque tiene un solo número/camiseta (10), tiene dos nombres: Diego y Lionel. El amor después del amor, la eternidad después de la gloria.
“La poesía de un relato también es un deseo, y a veces ese deseo tiene la fuerza suficiente para viajar en el tiempo”, escribe Santamarina sobre lo que ocurrió cuando hizo su primer gol profesional en Barcelona y el comentarista repitió tres veces “es Maradona pero en pequeño”. Antes de este momento, el autor condensa el ADN: “Messi es la buena noticia de que el deseo puede ir a buscarse. Y el desconcierto de que a veces se encuentra”. Pero todo encuentro conlleva una tragedia, la tragedia no le escapa a la historia del deseo ni a la de los argentinos, es decir, ni a la de Messi. “Qué es lo argentino de todo esto: la tensión o la distensión, el músculo contraído o el entregado, la maldición o el desahogo, el espanto o el amor”, se aventura el autor mientras nos recuerda el partido mundialista contra Croacia, pero podría ser un ideario o imaginario para referirse a cualquier porción histórica nacional y también relacional con los héroes que nos tocaron en gracia. La cosa es que todos los caminos del deseo en estas páginas, como en la vida misma, van al intento y reintento, al insistir, a dar batalla. Y de esta forma se sella en el clímax del libro: “Así también se alimenta la curiosidad y se forja la fe: haciendo lo que uno sabe tantas veces, todas las que hagan falta, confiando en que en algún momento se va a producir el milagro de lo distinto”.
Ya está se desmarca de todo lo publicado post Qatar 2022 y probablemente también de lo previo. Es un ensayo pero no, es crónica y es crítica pero no, no es ni una cosa ni la otra. ¿Es un rompecabezas biográfico? Podría ser, pero no de Messi. Entonces sería una biografía geográfica, existencial, de sus vínculos con lo nacional y con una ciudad de Rosario que siempre aparece en forma de abuela, club de barrio, de su incondicionalidad con Newells, a pesar de sus dirigencias tan poco a la altura del devenir de los acontecimientos, negándole un tratamiento, negándole el pase a River, no colaborando cuando de la AFA empezaron a rastrearlo para oficializarlo como “argentino para siempre”. Una ciudad de Rosario que una vez más, y mil veces más, aparece en forma de deseo de volver. Todos los cielos el cielo pero ninguno como el cielo de Rosario. Porque bajo ese cielo y puertas adentro hay un lenguaje que no necesita explicación ni maratón de palabras, puertas afuera y en otros cielos, en cambio, hay que buscar qué decir y cómo, cuándo decirlo, “porque hablar por uno mismo es evitar el atropello insoportable de ser hablados por otros”. Leo tuvo que aprender que no siempre alcanza hablar con la pelota en los pies, lo que sí alcanza y todo lo atraviesa y resiste es su habla rosarina intacta.
Aún así, el valor de este libro está en lo extradeportivo porque el fútbol nunca se trata de fútbol. Bienaventurados los que no ven solo a once millonarios correr detrás de una pelota. Por fuera de lo esperable, Ya está tiene la fuerza del registro vivencial que sobrevuela un tiempo único e irrepetible, algo que nunca más va a volver a verse ni sentirse de la misma forma. Lo que es obvio hasta que nos encontramos clamando, o padeciendo, que hay historias que se repiten, y como dice Zizek, la repetición en farsa suele ser peor que la tragedia original.
De ese tiempo único, Ya está sale bien parado en el desafío de querer narrar desde la contemporaneidad la potencia de lo divino entre los mortales, un narrar mortal que a esta altura es un memorial de ese amor que nos une a todos. ¿Cuántas cosas nos unen a todos desde el amor? Tal vez esa sea la nueva cruz de Leo, el tipo que nos lleva al encuentro en un tiempo en el que todo nos desencuentra. El tipo que siendo capitán de selección nos regaló aquel diciembre de 2022 la postal social de lo que nunca más vamos a volver a ser, sin importar cuántas veces vivamos la misma victoria deportiva, y su sola presencia, ya convertido en capitán espiritual, nos recuerda una forma de deseo argentino que rearma todo sentimiento de pertenencia y representación de eso que nos encanta llamar “mejor país del mundo”.
